… del libro Los Testamentos Traicionados de Milan Kundera, acerca de los traductores.

La necesidad de emplear otra palabra en lugar de la más evidente, de la más simple, de la más neutra (estar-hundirse; ir-caminar; pasar-hurgar) podría llamarse reflejo de sinonimización -reflejo de casi todos los traductores. Tener una gran reserva de sinónimos forma parte del virtuosismo del “gran estilo”; si en el mismo párrafo del texto original aparece dos veces la palabra “tristeza”, el traductor, ofuscado por la repetición (considerada un atentado contra la elegancia estilística obligada), sentirá la tentación, la segunda vez, de traducirla por “melancolía”. Hay más: esta necesidad de sinonimizar se ha incrustado tan hondamente en el alma del traductor que elegirá enseguida un sinónimo; traducirá “melancolía” si en el texto original hay “tristeza”, traducirá “tristeza” allí donde hay “melancolía”.

¡Señalemos el terror que experimentan todos los traductores del mundo entero ante las palabras “ser” o “estar” y “tener”! Harán lo que sea para reemplazarlas por una palabra que consideran menos trivial.

Para un traductor, la autoridad suprema debería ser el estilo personal del autor. Pero la mayoría de los traductores obedecen a otra autoridad: a la del estilo común del “buen francés” (del buen alemán, del buen inglés, etc.), o sea, del francés (del alemán, etc.) tal como se enseña en el colegio. El traductor se considera como el embajador de esa autoridad ante el autor extranjero.

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