Traducciones


parisreview182.jpgYa está a la venta el número de otoño de la revista The Paris Review, que contiene el nuevo relato corto de Stephen King, Ayana.

A continuación puedes leer el comienzo de esta historia, traducida por mí mismo.


No creí que contaría esta historia alguna vez. Mi mujer me dijo que no lo hiciera; dijo que nadie la creería y que únicamente conseguiría avergonzarme a mí mismo. Lo que quería decir, por supuesto, era que la avergonzaría a ella.


-¿Y qué hay de Ralph y Trudy? -le pregunté-. Estaban allí. También lo vieron.

-Trudy le dirá que tenga la boca cerrada -contestó Ruth-, y él no necesitará mucha persuasión.

Probablemente era cierto. En aquella época Ralph era el superintendente de la Unidad Escolar Administrativa 43 de New Hampshire, y lo último que quiere un burócrata del Departamento de Educación de un estado pequeño es terminar al final de un informativo de la televisión por cable en la franja destinada al avistamiento de OVNIs sobre Phoenix y a coyotes que pueden contar hasta diez. Además, una historia de milagros no es muy buena sin un hacedor de milagros, y Ayana ya no estaba.

Pero ahora mi mujer está muerta; sufrió un ataque al corazón mientras volaba a Colorado para echar una mano con nuestro primer nieto y murió casi instantáneamente (o eso dijo la gente de la compañía aérea, pero en estos días ni siquiera puedes confiarles tu equipaje). Mi hermano Ralph también está muerto (un derrame cerebral mientras participaba en un torneo de golf para la edad dorada) y Trudy chochea. Mi padre hace tiempo que falleció; si aún siguiera vivo, sería centenario. Soy el último que queda en pie, así que contaré la historia. Es increíble, Ruth estaba en lo cierto acerca de eso, y no significa nada en cualquier caso; los milagros nunca significan nada, excepto para esos lunáticos afortunados que los ven en todas partes. Pero es interesante. Y es cierta.

Todos nosotros lo vimos.


Gracias a Lilja’s Library por la información.

… del libro Los Testamentos Traicionados de Milan Kundera, acerca de los traductores.

La necesidad de emplear otra palabra en lugar de la más evidente, de la más simple, de la más neutra (estar-hundirse; ir-caminar; pasar-hurgar) podría llamarse reflejo de sinonimización -reflejo de casi todos los traductores. Tener una gran reserva de sinónimos forma parte del virtuosismo del “gran estilo”; si en el mismo párrafo del texto original aparece dos veces la palabra “tristeza”, el traductor, ofuscado por la repetición (considerada un atentado contra la elegancia estilística obligada), sentirá la tentación, la segunda vez, de traducirla por “melancolía”. Hay más: esta necesidad de sinonimizar se ha incrustado tan hondamente en el alma del traductor que elegirá enseguida un sinónimo; traducirá “melancolía” si en el texto original hay “tristeza”, traducirá “tristeza” allí donde hay “melancolía”.

¡Señalemos el terror que experimentan todos los traductores del mundo entero ante las palabras “ser” o “estar” y “tener”! Harán lo que sea para reemplazarlas por una palabra que consideran menos trivial.

Para un traductor, la autoridad suprema debería ser el estilo personal del autor. Pero la mayoría de los traductores obedecen a otra autoridad: a la del estilo común del “buen francés” (del buen alemán, del buen inglés, etc.), o sea, del francés (del alemán, etc.) tal como se enseña en el colegio. El traductor se considera como el embajador de esa autoridad ante el autor extranjero.