Ya está a la venta el número de otoño de la revista The Paris Review, que contiene el nuevo relato corto de Stephen King, Ayana.
A continuación puedes leer el comienzo de esta historia, traducida por mí mismo.
No creí que contaría esta historia alguna vez. Mi mujer me dijo que no lo hiciera; dijo que nadie la creería y que únicamente conseguiría avergonzarme a mí mismo. Lo que quería decir, por supuesto, era que la avergonzaría a ella.
-¿Y qué hay de Ralph y Trudy? -le pregunté-. Estaban allí. También lo vieron.
-Trudy le dirá que tenga la boca cerrada -contestó Ruth-, y él no necesitará mucha persuasión.
Probablemente era cierto. En aquella época Ralph era el superintendente de la Unidad Escolar Administrativa 43 de New Hampshire, y lo último que quiere un burócrata del Departamento de Educación de un estado pequeño es terminar al final de un informativo de la televisión por cable en la franja destinada al avistamiento de OVNIs sobre Phoenix y a coyotes que pueden contar hasta diez. Además, una historia de milagros no es muy buena sin un hacedor de milagros, y Ayana ya no estaba.
Pero ahora mi mujer está muerta; sufrió un ataque al corazón mientras volaba a Colorado para echar una mano con nuestro primer nieto y murió casi instantáneamente (o eso dijo la gente de la compañía aérea, pero en estos días ni siquiera puedes confiarles tu equipaje). Mi hermano Ralph también está muerto (un derrame cerebral mientras participaba en un torneo de golf para la edad dorada) y Trudy chochea. Mi padre hace tiempo que falleció; si aún siguiera vivo, sería centenario. Soy el último que queda en pie, así que contaré la historia. Es increíble, Ruth estaba en lo cierto acerca de eso, y no significa nada en cualquier caso; los milagros nunca significan nada, excepto para esos lunáticos afortunados que los ven en todas partes. Pero es interesante. Y es cierta.
Todos nosotros lo vimos.
